miércoles, 28 de septiembre de 2005

Celulaleros

¿Cómo eran nuestras vidas antes del celular? ¿Es tan imprescindible tener uno? ¿Sigue siendo un símbolo de status social y económico? No sé quién podrá tener las respuestas a todas estas preguntas. Ayer mismo al mediodía me encontraba en el Centro de Atención de Personal, esperando hablar con un representante por enénsima vez para reclamar un cambio de titularidad que hace 8 meses no ve la aprobación definitiva. Estaba en la sala de espera. A través del tabique de cristal que separa cada puesto, vi una madre con sus dos hijas adolescentes. Le estaba adquiriendo a la menor de las dos un celular. La otra ya tenía, y en tanto la vi atender un par de llamados. El equipo era uno de esos Motorola que se dobla en dos, con pantalla color y todos los chiches (seguramente tenía hasta cámara de fotos), muy sobrio por fuera, que seguro debía costar al menos dos jubilaciones mínimas.

No sé hasta que punto somos buenos o malos padres llenando las manos de nuestros hijos con todos los adelantos tecnológicos que el dinero puede comprar. No sé hasta qué punto es necesario crear esa sensación de imprescindibilidad con un objeto que todos desean sólo porque está de moda y eleva el ego a la estratósfera, hasta que aparece en el mercado un modelo mejor y más moderno. Y ya sabemos que cuanto más revuelto está el río, más es la ganancia del pescador.

En mi caso particular, de repente empecé a preguntarme qué sentido le daba a mi vida el aparatito. Me acerdo que hace muchos años atrás fue toda una bendición que nos pusieran un teléfono de línea en casa. Luego fue otra bendición haber comprado un aparato inalámbrico y con contestador, por la comodidad que representaba. Ahí empecé a sospechar de la verdadera utilidad de la inversión... porque quienes se comunicaban, rara vez dejaban mensaje en el contestador pues no querían ser atendidos por una máquina. Por ende, si uno esperaba un llamado urgente, tenía que quedarse anclado en casa sí o sí, o poner a la abuela a contestar el telefono (con el audífono en ON y los anteojos cerca, sino era lo mismo ke nada).

Con la masificación del celular, la cosa cambió apenas un poco. Primero, las baterías no duraban más de 10 minutos, así que a contestar rapidito. Eso ahora cambió, una bateria promedio ahora te dura varios días. Segundo, la llamada salía carísima. Eso también cambió, surgieron planes fijos y más económicos. Y tercero, cuando cambio la modalidad a el que llamba se hace cargo del costo de la comunicación, nadie quería llamarte al celular porque le salía caro o tenía restringido el acceso a dicha comunicación. Esto no cambió, peor aún, te dicen que te llamaron cuando nunca lo hicieron, te dicen que se escucha mal y te piden que te comuniques vos, te preguntan con suspicacia por qué no das un teléfono de línea o por qué no estás en tu casa...

Y están los que se van para el otro extremo y son los primeros en el ranking del odio: los que cargan en el cinturón con 2 ó más aparatos encima, los que ponen el timbre al mango y casualmente siempre le suena durante una funcion de teatro o de cine, los que hablan a los gritos, los que lo dejan sonar para que todos escuchen el nuevo ringtone que se bajó, los que lo usan tipo handy para que todos en el bondi se enteren de sus conversaciones, los que se ponen a jugar al Tetris y se pasan de la parada, etc.

Otros temas que se merecen un capítulo aparte son el e-mail y los programitas de comunicacion tipo Messenger, pero será en otra ocasión.

Y ahora me voy a regar las macetas del balcón, sean felices y estén comunicados.


.-·*'°§| PörTeñ4 |§°'*·-.

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