lunes, 24 de octubre de 2005

Una buena y una mala

Bueno gente, les cuento con mucha alegría que mañana dejaré de ser una de las tantas desempleadas para pasar a las filas de las asalariadas. Me lo confirmaron hace un par de horitas no más, justo cuando estaba casi saliendo a mi recorrido del Lunes. Largué todo, me hice un té y me senté a disfrutar mi último día de ocio. De vuelta en la cocina veo por la ventana que un tipo, colgado de una soga, pasaba desde la terraza de mi edificio hacia la palmera que da a mi ventana. ¡Santo Dios! ¡Si se aflojaba la soga o resbalaba, el infeliz se hace mierda! Pero no, se sentó en la copa de la palmera y con una sierra eléctrica comenzó a talar las hojas. Siguen con el firme propósito de tirar abajo la pobre palmera. No quise ver más, cerré todas las cortinas y me fui a tejer.

La palmera en cuestión es casi tan alta como este edificio, que tiene 4 pisos que equivalen a 6 de los modernos. Debe tener más de cien años, pero igual la van a tirar al diablo porque en el lote van a construir un moderno chalet de 3 pisos. De nada sirvió reclamar que no la saquen en Secretaría de Medio Ambiente y la Municipalidad, porque estando el árbol en propiedad privada, el dueño puede hacer lo que se le dé la gana. No bastó con quemar la basura el otro día (ya les conté), ahora me sacan la palmera, tan linda y verde que se ve a través de las ventanas del ala oeste. Por suerte la lluvia espantó a los obreros, que desaparecieron inmediatamente (no sé cómo hizo el que estaba sentado sobre la palmera... se tiró de la soga tipo Tarzán?).

Ahora miro otra vez (tal vez por última vez) a mi palmera, quedó toda mocha la pobrecita, con apenas unas hojitas tiernas que le salen de la punta. No se vió ni un solo pájaro, solo los niditos abandonados en los numerosos huecos del tronco. Pero ¿a quien le importan una palmera añosa y unos cuantos pajarracos?

Y ahora me voy a seguir con mis quehaceres, sean felices y lleven paraguas.


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