lunes, 9 de octubre de 2006

Viejo robot de latón

Felices lunes para todos! Nah, no voy a hablar del superclásico porque no me banco el fúbol. En serio. Ayer domingo a la tardecita me di una vuelta por Parque Lezama, a ver si podía entrar en Casa FOA, pero los $15 de la entrada general me disuadieron, había descuento a estudiantes y jubilados fashion pero solo para los días lunes y martes. Lástima porque a mí me fascina esa movida. Wueh, mientras tanto al kía le dieron ganas de entrar en algun lugar con tele para tomar algo y de paso mirar un rato el partido. Todos los barcitos de Barracas estaban abarrotados de gente, fans de Boca en su mayoría. Seguimos caminando y terminamos en San Telmo, en un bar donde todo era, o tal vez se mantenía así a propósito, como en la época de los taitas. Muchos gringos paseando por las ferias de antiguedades. Nos quedamos un buen rato en una que parecía un conventillo, donde se destacaban los muebles y otras cosas cotidianas antiguas, vestidos y enaguas, muñecas, retratos, etc. Otra galería que estaba casi enfrente, tenía adornos y muebles en mejor estado de conservacion o incluso restaurados. En una vitrina vimos algunos juguetes y nos agarró un flash: el cajoncito con las botellitas dimunutas de Coca-Cola y Fanta! Pero lo que más me flasheó fue... un robot. Sí, un robotín de latón, a cuerda, con una ventanita de acrílico rojo en el pecho por donde se podía ver una chispa cada tanto. Recuerdo que el mismo se lo habían regalado a mi hermano y él no lo quiso. Tenía una forma espantosa, pero lo ví y quedé fascinada. Mi mamá no quería dármelo porque me decía que no era juguete para una nena, pero lloré tanto que terminaron cediendo. Fue uno de los más queridos de mi infancia, y tanto fue el amor que le tenía que lo terminé desbaratando al pobre, auch, porque quería saber qué lo movía, qué era lo que producía esa chispa roja en el interior. Sucede que el mecanismo tenía una especie de clavito que golpeaba en una piedra que giraba, y mientras la cuerda lo ponía en marcha, el clavito golpeteaba y se producía la chispa (como la rueda del afilador). Pasó el tiempo y el asombro no mermaba, aún cuando las trabitas de latón se habían roto y tuve que pegarlo con un poco de cinta adhesiva para que no se desarmara. Creo que todavía debe de estar en casa de mi mamá, baqueteado, oxidado, sin cuerda, hecho una piltrafa bah. Ahora de grande me pregunto qué hubiera pasado si hubiera cuidado un poco más mis juguetes, tal vez hoy podría compartilos con mi hija. Pero, ¿de que sirve un juguete con el que no se puede jugar? Conservarlos para venderlos en el futuro tal vez sea negocio, pero, ¿alcanzan los billetes para comprar esa sensación de abrazar a esa muñeca o hacer rodar ese autito? No creo.
Me voy a preparar las milanesas, saludos y sean felices con sus juguetes.

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