martes, 13 de febrero de 2007

Mente sana en cuerpo sano

¿Sabe qué, doña Rosa? ¡Me anoté en un gimnasio! Sí, de una vez por todas me decidí a hacer algo por mi pobre cuerpo, aprovechando que hasta marzo tengo las tardes "libres" de tener que llegar a horario a casa, y teniendo la nena en casa de mi mamá (sorpresivamente renunció a la colonia de vacaciones y hubo que cambiar los planes), tengo todo a mi favor. Después de mucho averiguar me decidí por el Sport Club, porque me atendieron super bien, el lugar me pareció cómodo, limpio y seguro, me queda cerca de la oficina y tiene una amplia red de clubes y actividades para elegir.

Llegué el primer día y me metí a una clase de Sport Cycle (o Spinning), me trepé a la bici fija, no de ésas comunes de dos caños cruzados sino una de ésas grandes con una enorme rueda trasera cuyo impulso hace que los pedales sigan girando aunque uno se detenga. Yo no me había dado cuenta de este detalle hasta que me detuve y el impulso casi casi me tira al piso. Mal comienzo, la clase fue devastadora, me traspiré la vida y me quedé con la sensación de que ésa era una disciplina sólo para valientes, pero ya estaba en el baile lo mejor para no desanimarme era cambiar de ejercicio. Me dieron una rutina liviana de musculación, incluyendo ejercicio aeróbico en otra bicicleta con asiento más ancho y monitor que te mide los pulsos cardíacos, el tiempo, el esfuerzo, los kilómetros recorridos y las calorías. Ahí no tuve problemas hasta que ayer me cambiaron a la cinta. Todo mal, perdía el equilibrio a cada rato y por poco me deslizo hacia atrás... suerte que recuperé la compostura y me ahorré el papelón. Gasté la mitad de las calorías que en la bicicleta y lo peor de todo, cuando me detuve me quedó la extraña sensación de caminar como flotando hacia adelante. Lo más vergonzozo es hacerse un lugar en el área de las pesas, porque es la más concurrida por los muchachos, cultores natos de desarrollo de los músculos, que levantan pesas de más de 7 kilos y se la pasan mirándose al espejo. Qué tipos.

El parato tal vez más curioso y más concurrido es ese para ejercitar los glúteos, donde uno se acuesta boca abajo y con ambas piernas tira para arriba la palanca con el contrapeso. Las mujeres no tanto, pero los hombres cada vez que se subían a dicho aparato emitían unos cortos gemidos como si se tratara de un acto sexual. Bah, hablando mal y pronto, no se sabía si estaban ejercitando o culeando. A lo mejor había escondido un vibrador o algo por el estilo que ponía a los tipos tan gemidores, fuera cual fuera su orientación sexual, quién sabe. Bueno tal vez me saque la duda la próxima clase.

Y ahora me voy a dormir, sean felices y a marcar esos glúteos!

-·*'°§ PörTeñ4 §°'*·-.

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