jueves, 29 de octubre de 2009

El extraño hombre inmóvil que viajaba en el Subte E un miércoles al mediodía

Esto que les voy a contar me sucedió ayer cerca del mediodía. Luego de dedicar toda la mañana a realizar algunos trámites en la city porteña, viendo que ya eran las once menos diez, decidí pegar la vuelta ya que a las doce y cuarenta y cinco debo estar entregando el bolsito térmico con el almuerzo de mi hija, "calentito y recién hecho" como a ella le gusta presumir.

Decidí tomar la línea E del Subte, que me deja a 6 cuadras de casa, y en el camino aprovecharía para comprar un par de cosas en el almacén y la panadería. El andén estaba repleto de gente, y mientras esperaba reparé en un individuo alto. Me llamó la atención ese corte de pelo a lo Forrest Gump primero, y después cuando lo miré a la cara me di cuenta que cuadraba muy bien con el personaje, sentado en el banco con el traje blanco y la caja de bombones. Me llamó poderosamente la atención fue su actitud: parecía cansado, hastiado, totalmente desganado... Bueno en realidad, no es de extrañar esa actitud en la mitad más uno de los ciudadanos en estos días.
Cuando por fin llegó el subte, la marea de gente subió cual cuadrilla de caballos y buscó ubicación enseguida. Me tocó sentarme casi enfrente del individuo en cuestión, y tuve por un tiempo un panorama privilegiado de toda su humanidad y sus movimientos. Pero en realidad, no hizo nada. Se quedó ahí sentado, inmóvil, ensimismado, pensando en vaya a saber qué cosa. Tuvo durante todo el viaje la vista fija en algún punto del suelo. No lo distrajeron el vaivén ni el ir y venir de las personas (sobre todo las chicas) que buscaban un lugar cómodo. Durante las cuatro estaciones que lo observé, él seguía con la vista fija en ese punto perdido, como si nada importase. Parecía una máquina que ha entrado en modo ahorro de energía. Si hubiese estado con los auriculares del iPod al mango, entendería el por qué de su abstracción. Así, me dí a la tarea de observarlo en detalle: tendría tal vez unos años menos que yo, era rubio, pálido, de ojos muy claros (celestes? grises? o una combinación de ambos?), vestía una camisa de manga corta de color claro con un suave cuadriculado, y jeans. Llevaba en la mano una carpeta y una bolsa semitransparente con tres macetitas con plantitas, que parecían pothus o tal vez uno de esos cactus diminutos.

Como estaba sentado justo al lado del pasamanos de la puerta, cuando llegó el turno de bajarme en la estación Entre Ríos, crucé frente a él para ver si en una de ésas había algún cambio. Y por una casualidad fortuita, el vagón se movió al frenar y sin querer, al agarrarme del pasamanos, le toqué el hombro. Miré para ver si había reaccionado y pedirle las disculpas del caso, pero... ni se mosqueó. ¡Nada! ¿Podía haberle dado una trompada y no se hubiese movido? That's surreal.

El subte se detuvo, y segundos antes que la puerta se abriera, moví el dedo índice para acariciarle el hombro, a modo de despedida. Descendí y caminé hacia la escalera mecánica sin mirar atrás.

Sean felices y disfruten del hermoso día soleado en la ciudad.

,-·*’°§ P0rTeña §°’*·-,
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1 comentario:

Oscar Ruben Amarilla A. dijo...

Muy buena experiencia, te cuento que un mediodia caluroso del 2007, intentando cruzar la esquina de callao y rivadavia, para seguir por rivadavia, noto del otro lado de callao a un anciano vestido con bermudas color caqui
una chomba color celeste, enconrvado, con un baston, con barba, esperando para cruzar, pero mirandome fijamente y sonriendo.

Me parecio extraño, mas aun que al cruzar, se me perdio un segundo de vista, cuando intente volver a buscarlo nunca mas lo vi, estaba yo parado en medio de callao en medio de toda la gente buscando al extraño viejo, jamas me lo cruce, jamas lo volvi a ver...