jueves, 7 de enero de 2010

Fragmentos (I): La prima Laurita

Les dije el año pasado que iba a escribir, y en eso estoy. ¡Claro! En mi cabeza surgen historias y situaciones que de a poco van encajando entre sí, como piezas de un patchwork, y cada parte se va amoldando lentamente a la pieza final, la historia entera, como una enorme cubrecama. Es una tarea apasionante, a veces me consume más tiempo del que dispongo, pero me da mucha satisfacción. Aún no me decido por el título, faltan revisiones y correcciones, limar los tiempos, subsanar cuestiones ortográficas y gramaticales. Pero va queriendo, eh. Va queriendo.

En este fragmento del capítulo veintitantos, Jorge (el protagonista) y Miriam (su amiga-hermana de la infancia), dos adultos de 35 años ya casados, hablan de una prima de ella (bueno, mas bien le sacan el cuero):
[...]
–¿Sabés a quién me hace acordar esa mina? ¡A Laurita! ¿Te acordás de Laurita, mi prima?
–Pufff, cómo olvidarse de esa turra, reina de la histeria y las apariencias.
[...]
–Pobre boluda. –dijo Miriam riendo. –Mi abuelo decía siempre, a todo chancho le llega su San Martín, y a ésta le pasó por arriba el General y todo el ejército de los Andes. ¿Viste que de pendeja se creía la supermodelo no más porque hizo un par de desfiles pedorros?
–Seh, –contestó él, arqueando las cejas y arrugando la nariz.–y como nos amargó la existencia aquel verano en Pinamar...
–Sabés, después de eso se terminó peleando con los padres y los hermanos, se fue a Nueva York, perdió muchísimas oportunidades de laburo por ser tan soberbia y juntarse con gente que la asesoraba para el carajo, gastando más plata de la que tenía. Después se tuvo que volver porque se la comían los piojos allá. Como acá ya estaba medio jovata para lolita, se hizo vedette, ¿te acordás?
–Mejor no, voy a tener pesadillas. –dijo Jorge tapándose la cara con la mano izquierda.
–Y lo que vino después es historia pública.
–Já, salió en todos los diarios y revistas chismosas, la escracharon con unas fotos curtiendo con un diputado, casado y padre de familia, y después quedó pegada en una estafa al Banco Francés. ¿La metieron en cana al final?
–Sí, ocho meses de condena le dieron. Y los tuvo que cumplir, eh. ¡Buena conducta las pelotas! Cuando salió, ni la madre la quiso ver. A mi vieja le dio un poco de lástima y le ofreció varias veces hacerla entrar como vendedora en el Shopping. Pero la forra se hizo la orgullosa, le dijo que ella ni loca iba a trabajar vendiendo ropa como cualquier fulana. Imaginate, mamá se calentó y la mandó a cagar. Después anduvo un tiempo rodando en esos programas de chismes haciéndose la mediática para ver si rascaba unos mangos, pero nunca vio un peso, y lo peor de todo, nadie habló de ella. Quedó condenada. Y ahora, ¿sabés de que labura? Es encargada en una playa de estacionamiento en Núñez. Era eso o quedarse en la miseria.
–Y todavía le debe estar haciendo falta un novio… –observó Jorge.
–Cagate de risa. Está saliendo con un colectivero, chofer de la línea 168. ¿Qué tul, eh?
–Mierda. Me dejaste sin palabras.
Y ahora los dejo porque se me ocurrió otra idea buenísima, sean felices y sepan que una historia cotidiana también puede ser una gran historia para contar.

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