viernes, 15 de enero de 2010

Fragmentos (II): Confusión

Continuamos con los fragmentos, esta vez con una escena con la que me morí de risa mientras la escribía, de solo imaginarme a los dos persoanjes en la situación totalmente embarazoza. ¿Quién no se puso en pedo alguna vez y por esas cosas de la vida quedó en medio de una confusión? Es terrible, a veces tratando de explicar la embarrás más y no te queda otra que admitir que te tomaste hasta el alcohol en gel para las manos. Lo peor de todo, después de la resaca, es que los demás nunca se olvidan de tus cagadas y siempre te las recuerdan en todo evento social: "Che, ¿te acordás esa vez que te pusiste en pedo y...?". Y vos no sabés dónde meterte.

Este es un fragmento del capítulo 5. Jorge (el protagonista) y Miriam (alias Mími, su amiga-hermana de la infancia) vuelven de un casamiento en donde ella se tomó varias copas de más, y ahí los espera Toto (el marido de Miriam).
[...]
–Me dijiste que manejara yo porque a vos te dolía la cabeza. –dijo Jorge, tratando de distraerla.
–Ah... shí, tené razón... Ufff no veo una bierda... –le contestó ella, con la mano en la cabeza.
–Dormite que enseguida llegamos.
El trayecto desde San Isidro hasta Parque Chacabuco fue directo y sin complicaciones. Dejó el auto estacionado en la vereda y ayudó a Miriam a bajar sin tropezarse. [...] Flopi, la perra beagle de la familia ladraba desde el otro lado de la puerta.
–Dame las llaves, yo abro. –dijo Jorge.
–No no no, ¡dejame gue sho buedo! –contestó ella tozudamente, y tardó un rato en reconocer la llave correcta. [...] Abrió la puerta de par en par, entró primero y luego Jorge, que cerró con cuidado para no hacer ruido.
–Mirá bien dónde pisás, no vaya a ser que los chicos hayan dejado algo tirado y…
No terminó de completar la frase. Jorge nunca supo cómo fue que en la oscuridad pisó a la perra, que se quejó del dolor con un aullido fenomenal, y en su huida empujó a Miriam; ésta, asustada y mareada como estaba, perdió el equilibrio y Jorge, tratando de sujetarla, se fue al piso con ella encima con un estrépito contundente.
Y en ese instante, se encendió la luz. Toto apareció por la puerta de la cocina. Vio a Jorge tirado en el piso boca arriba, sin sus lentes, y a su esposa montada encima de él con las piernas abiertas, el pelo revuelto y un bretel caído que le dejaba el corpiño al descubierto. Toto miraba la escena con los ojos muy abiertos.
–Totíiiito, bi aborrrr –dijo Miriam, sonriendo.
–No… no es lo que parece, ¡ay! –balbuceó Jorge, tratando de librarse de encima del pesado cuerpo de Miriam–. Toto, ¡te juro que no es lo que parece!
–Ay, Jorge, Jorge… –dijo éste, meneando la cabeza.
De pronto, soltó una sonora carcajada, y se apoyó contra el marco de la puerta. Miriam también se empezó a reír. Jorge no entendía nada y espantaba con la mano a la perra, que se había acercado a lamerle la cara moviendo la cola efusivamente. Toto se aguantaba la risa mientras le daba la mano a su esposa para que se pusiera de pie.
–A ver, salí de ahí arriba, boluda, lo vas a aplastar… Yo sabía que te ibas a poner en pedo, eh. ¡Guarda con pisar los lentes del quía!
Ella se incorporó riendo también y su esposo la llevó a la habitación, tratando de que no hiciera más ruido y despertara a los chicos. Jorge se puso de pie con dificultad y encontró sus lentes tirados en un costado. Se cruzó de nuevo con Flopi y le dijo entre dientes con un manotazo: "¡Cucha, perra de mierda...!". Se fue a la cocina y se desplomó mahumorado en una silla. Toto volvió, y todavía riéndose puso a calentar dos tazas de café en el microondas mientras decía:
–Ay che, te juro que estaban para la foto recién. ¡Tenían unas caras los dos!
–Forro, me cagué todo. Pisé a la perra, vi que Mími se iba al carajo y por querer agarrarla se me cayó arriba como una bolsa de papas. Pensé que te habías imaginado cualquiera...
–Pedazo de nabo, ¡los conozco de hace años! Me consta que no se tocarían ni con un palo, aunque tuvieran encima el más morboso de los pedos. Cómo le debe haber dado al escabio la guacha esta, si la dejás se toma hasta el agua del florero…
–Fue mi culpa, no le presté mucha atención, estaba… pendiente de otra cosa.
–Me imagino. –dijo Toto y se sentó frente a él, del otro lado de la mesita –Alguna señorita, seguramente.
–Sí.
–Jeje, ¿era por eso el cambio de look?
–Así es.
–¿Y que pasó?
–Quise encararla pero no pude, no sé, no me animé, y después un idiota se me adelantó y se la ganó.
–Uuuh todo mal.
–Seeh, todo mal… –y metiendo la cabeza dentro de los brazos cruzados, exclamó: –Ajjj, que asco de vida, ¡me hago puto o me muero virgen!
–¿Sos virgen? –dijo Toto con el ceño fruncido.
–¡No, hombre!
Jorge levantó la cabeza y vió que Toto seguía mirándolo fijamente con una ceja levantada.
–Tampoco soy puto.
–Bueh, no aclares que oscurece.
–Andá a cagar…
Los dos hombres se miraron unos segundos y de pronto se empezaron a reír al unísono.
[...]
Y ahora los dejo, sean felices y larga vida a las borracheras felices.

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