jueves, 4 de febrero de 2010

Fragmentos (III): Que valga la pena

Tercera entrega de fragmentos. Esta escena se asemeja mucho a una que me tocó vivir en el pasado, durante mi vida de soltera emancipada. Quedar entre dos fuegos parece divertido y hasta un poco romántico, pero no es así. Tenés que andar con cautela todo el tiempo, ocultando, disimulando, y fingiendo que acá no pasa nada... y esa no es vida. Aprendí con el tiempo que siempre es mejor ir de frente y blanquear situaciones antes que abran fuego y no encuentres trinchera.

En este capítulo treinta y algo, Jorge se encuentra en un after-office y de casualidad con Alejandra (ejem!), la chica que conoció en una fiesta meses atrás y ahora está saliendo con Toto, ex marido de su amiga-hermana de la infancia. Ambos saben que hay algo más que buena onda entre ellos, se gustan demasiado pero intentan enfriar las cosas sin mucho éxito. Viajan en taxi hasta la casa de ella y ahí sucede lo siguiente:
Ella se detuvo frente al portón de entrada, se volvió a mirarlo mientras el taxi arrancaba. Y con una sonrisa, le guiñó un ojo. Jorge pensó unos segundos. Se volvió y pidió al chofer que se detuviera, pagó y bajó enseguida. Caminó rápidamente hacia el portón y se encaramó a las rejas. La encontró justo tratando de ubicar la llave en la cerradura de entrada al edificio. La llamó, ella levantó la cabeza y las llaves se le cayeron de las manos al verlo.
–¿Qué hacés acá, hombre? –dijo entre dientes, arrugando la nariz.
–¿No me vas a invitar a pasar? –preguntó éste, con una enorme sonrisa.
–¡Estás loco! Subite al taxi y andate, mañana hay que ir a laburar.
–Dale, abrime. ¡Mirá que salto la reja y trepo por los balcones!
Alejandra miró a Jorge, mientras éste seguía riendo, y dudó. Si lo dejaba afuera, era capaz de trepar el alto portón, caerse y romperse algún hueso; luego tendría que soportar el cargo de conciencia. Pero si lo dejaba entrar…
Resopló y caminó hacia el portón. Mientras buscaba la llave correcta, dijo para sí:
–Esto me pasa por tener el sí fácil…
Ni bien se abrió, el galán entró como una ráfaga y la alzó alegremente dando vueltas.
–¡No, basta! ¡Bajame, idiota!
–Te llevo así en brazos, corazón.
–¡Cortala, Jorge! ¡Mirá que…!
–¡Perdón…! ¿Todo bien? –interrumpió una voz profunda. Era don Bruno, el encargado, que volvía de pasear a su perro cocker. Miró a Jorge de arriba abajo, como un padre que examina la facha del nuevo candidato de su hija.
–¡Ah, don Bruno! –dijo Alejandra con vergüenza, riendo como una tonta. –Sí sí… está todo bien, gracias. Él es un… compañero del secundario; hace mucho que no nos veíamos, jeje.
–Qué tal, don Bruno. –saludó Jorge, como si lo conociera de toda la vida.
–Ok… bueno, a ver si bajan la voz, son la una y pico de la mañana, no quiero quejas de los vecinos después. Buenas noches.
–Sí, no se preocupe, nos vamos a portar bien. Buenas noches. –saludó ella. Pataleó para que Jorge la dejara en el suelo otra vez y se lo llevó de la mano adentro del edificio. [...] Ni bien entraron al departamento, cerraron de un portazo, se abrazaron y se dieron un beso desesperado.
–Jorge… –dijo la pelirroja, entre suspiros y besos. –Ay Jorge, me voy a meter en un quilombo con Toto por vos…
–Yo también. Que valga la pena.
Y sin más demora, la alzó de nuevo y se la llevó hacia la habitación.
Al día siguiente, Jorge avisó a su secretaria que llegaba media hora más tarde a la oficina. Alejandra, mal dormida y a las corridas, llegó con el tiempo justo para estar en la oficina de su jefe a las nueve en punto para repasar la agenda del día.
–Ay mujer, parece como si vinieras de correr el triatlón. –le dijo Gabriel al verla. –Mucha joda anoche, ¿eh? Hubo buen pique parece.
–Menos pregunta Dios y perdona. –dijo ella con seriedad. Abrió la agenda y empezó a enumerar las tareas del día, pero él la interrumpió con gesto pícaro:
–¿Me va a contar sí o no?
–Ni lo sueñes.
Pero éste se quedó observando detenidamente a su asistente, y de pronto, una breve sonrisa en sus labios color rosa oscuro la delató.

Y ahora me voy a seguir escribiendo, sean felices y traten de evitar el fuego cruzado.

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