jueves, 27 de mayo de 2010

Fragmentos (VII): Curda, enamorado y desafinado

Siempre lo dije, si un día un tipo viene a la puerta de mi casa y me regala una serenata con mi canción favorita, soy capaz de volver a casarme así de una. Lástima que vivo en un piso muy alto ahora, y tampoco conozco a alguien que esté tan enamorado (o en curda) como para hacer cosa semejante. ¡Ah! La vida era más sencilla antes, hoy día estamos todos tan digitalizados que ni nos llevamos el apunte.

En este fragmento, que me costó reacomodar en la primera parte de la historia pero que a mí particularmente me gustó muchísimo, tenemos a Jorge (protagonista de la historia) narrándole a Ángela (su novia) cómo fue que André (padre de Jorge, inmigrante de origen francés) conoce a la que será su esposa y la locura que cometió para que ella lo considere como un buen candidato:
–Y tus papás, ¿cómo se conocieron? –le dijo Ángela de pronto.
–Te vas a reír… Fue por una apuesta que le hizo mi papá a un compañero de la fábrica donde trabajaban en ese entonces.
–¿Qué? ¡Una apuesta! –dijo ella con los ojos muy abiertos.
–Sí, sí… Bueno papá ya la tenía vista a mamá. En ese entonces ambos trabajaban en la fábrica de Canale, en San Telmo. Ella era taquígrafa y papá operario. Mamá ya estaba de novia con otro flaco, y un día estaban con los compañeros en una fiesta de cumpleaños, los hombres compitiendo a ver quién hacía fondo blanco con una cerveza. André aceptó el reto, le ganó a varios y de pronto, desafió al novio de mamá. En el momento de decidir qué iban a poner en juego, el muy caradura de André va y le dice al otro flaco: “Si gano, yo llevo a tu novia al cine este sábado”. Mi mamá apenas lo conocía, y puso cara de espanto. Le prohibió a su noviecito que le siguiera el juego, pero estaban todos tan escabiados que ni bola. Y bueh, el chabón perdió como un idiota. Se atragantó a la mitad de la botella, escupió para todos lados...
–Ay, bonito espectáculo debe haber sido ese... –dijo ella, con una mueca de asco.
–Yo hubiese pagado por ver eso. Pero papá, siempre un caballero, le dijo a mamá que podía negarse a ir con él si de verdad no quería. Ella dudó, pero terminó aceptando la invitación sólo para darle un lección al noviecito choto. Si hay algo que ella siempre recuerda de esa salida, fue que papá se comportó como un señorito inglés, todo lo contrario a lo que ella pensaba porque viste que en el imaginario popular los franceses no se bañan nunca. Bueno, papá nada que ver. Al día siguiente mamá mandó al diablo a su novio.
–¡Jaja, fue lo mejor que pudo haber hecho! ¿Y así se pusieron de novios?
–No, fueron amigos durante un tiempo hasta que una noche, él volvía de una despedida de soltero, medio en pedo y hecho un desastre, tuvo la brillante idea de irse hasta la casa de mamá y darle una serenata en medio de la calle para hacerle saber que estaba loco de amor por ella.
–¡No me digas!
–¡Uff!, fue toda una escena, porque en ese entonces vivían en un segundo piso en San Telmo. Imaginate, noche de viernes, dos de la matina, un tipo cantando a los gritos “Strangers in the night” en medio de la calle, los vecinos se asomaron a decirle de todo, pero principalmente que cantaba como la mierda. Mi abuelo lo amenazaba con llamar a la policía y mi tío, que era chico, cagándose de risa lo silbaba y le pedía que cante otra. Mi mamá estaba tan avergonzada que no sabía dónde meterse; salió a la ventana a decirle que se calle y se mande a mudar, pero nada. Al final mi abuelo bajó a la vereda, lo cagó a retos y en eso se acercó el policía de la esquina.
–Uy, ¿y lo metieron preso?
–No, para nada, ¿con qué cargos? ¿Curda, enamorado y desafinado? Nah, eran otras épocas, donde todos hablando se podían entender.
–Cierto, todo lo contrario a hoy día. Bueno, ¿y qué hizo el policía?
–Primero, se mató de risa mal. Después, aplacó los ánimos de los vecinos, lo recagó a pedos a papá y se lo llevó caminando hasta la pensión donde vivía, que eran como ocho cuadras de ahí. Mamá, que vio todo detrás de la cortina de la ventana, se quedó con cargo de conciencia todo el fin de semana. Se cruzaron el domingo en la iglesia después de misa, apenas se saludaron. Y fue cuando mi abuela le dijo a mamá: "Dale una oportunidad al francesito, tiene cara de bueno". Ella lo pensó, y ese lunes lo fue a esperar a papá a la salida del trabajo. Le dijo que si de verdad la quería, que nunca más volviera a hacer una payasada como esa, so pena de tirarle un macetazo por la cabeza con tierra y todo. André prometió portarse bien a cambio de que le diera bola. Y ahí empezaron a noviar. Te digo más, papá se hizo famoso en esa esquina, donde todos los vecinos lo conocieron por el apodo de Frank Sinatra y lo saludaban cada vez que iba a visitar a mamá. Eso sí, le pedían que no volviera a cantar, o que al menos aprendiera a pronunciar bien la letra. Si a duras penas hablaba el castellano, imaginate cómo sería con el inglés... Bueno así, dos años de novios, casorio de blanco y a poco de cumplir el primer aniversario de casados mamá anunció que estaba yo en camino. Colorín colorado.
–Qué ternura… Adoro esas historias de amor con final feliz. –dijo ella riendo.
Y ahora los dejo, sean felices y vivan las serenatas de amor con música de Frank Sinatra.

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