lunes, 9 de agosto de 2010

Fragmentos (VII): De caras y caripelas de lunes

Si hay un ejercicio que me fascina y a veces me cuesta es describir los rostros de las personas. Y digo que me cuesta porque hay veces, muchas veces, que veo una persona que me resulta interesante a nivel descriptivo. Y la miro. Y la miro. Y el aludido se da cuenta. Y pueden pasar dos cosas: que se sienta incómodo y me ponga su mejor cara de orto... o que se la crea mal. En todo caso, hay caras y caras. Algunas interesntísimas, otras opacas, muchas reflejan emociones, otras no dicen nada. Arrugas, narices, lunares, piercings, párpados, ojeras, pecas, pómulos y tantos accidentes geográficos, topografía de carnes y huesos varios.
En este primer ejercicio, me describo a mi misma en la introducción a la segunda parte de mis relatos:
“No tengo ángel, no tengo carisma, no tengo belleza, simpatía, inteligencia o dinero. Sólo tengo esta cara de boluda que ves acá. Pero no me fue mal, eh. Con un poco de suerte y mucha desfachatez, llegué bastante lejos. Quién lo diría, ¿eh?”
Creo que no hacen falta explicaciones al respecto, ¿no? :-D
Y en este otro fragmento, Jorge, el protagonista de mi relato (32 años, soltero, hijo único de madre viuda), termina un lunes de su vida de la siguiente manera:
La rutina del día continuó, como de costumbre, con pocas variaciones. Cenaron con [Juan Carlos] el novio de su madre, le tocó lavar los platos y, concluída la tarea, se retiró a dormir. Se puso su piyama gris, se lavó los dientes meticulosamente y se miró largo rato al espejo. Recorrió lentamente con la mirada su rostro: la piel blanca, los ojos azules, los párpados semicaídos (clarísima herencia paterna), los lentes redondos de fino marco de metal que ya formaban parte de su fisonomía, la nariz alargada, el fino pelo rubio que hacía unos años había empezado a teñirse de blanco en forma irregular...
–Sos hermoso como Paul Newman, mi amor. –solía decirle su madre.
–Sos el mellizo de Brad Pitt, pero con lentes. –solía decirle Miriam.
–Sos igualito al garca de Bill Gates, pero sin los millones. –solían decirle sus compañeros de la oficina.
Volvió a mirarse, arqueó las cejas y salió del cuarto de baño. Dejó preparada en la silla la ropa para el día siguiente. Se quitó los lentes y los depositó cuidadosamente en la mesita, se metió en la cama y apagó la luz. En la oscuridad, Jorge dio varias vueltas hasta encontrar una posición cómoda. Se sintió como Flopy, la perra de la familia de Miriam, que nunca daba menos de diez vueltas en el mismo lugar hasta que recostaba en su manta. Volvió a pensar en la nueva secretaria: aquella mirada, aquellos ojos, su voz y su sonrisa perfecta. “¿Realmente me miró a mí?” pensó. Recordó lo ridículo de su posición en la terraza, el tubo que se le cayó de la mano y los ganchitos desparramados por el suelo. Resopló y pensó: “Ni Paul Newman ni Brad Pitt… simplemente, Jorgito. Un bolastristes del montón”.
Mozart [el gato siamés] entró a la habitación con paso cansino, trepó a la cama y buscó un lugar cómodo para descansar junto a su amo. Jorge sintió el cálido y peludo cuerpo de su mascota recostarse ronroneando junto a su regazo. Le acarició el lomo con la yema de los dedos, dio un largo suspiró y de a poco se fue quedando dormido.
Y ahora los dejo, tengo que terminar de escribir muchas líneas de código para mañana, sean felices y sepan que las caras de lunes me resbalan, para mí todos los días son viernes ;-)

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