lunes, 6 de diciembre de 2010

El retrato (relato brevísimo sobre una escena cotidiana)

Despierto.
Pienso a menudo en la inmensidad del mundo, en sus maravillas, su paradójica belleza salvaje y cruel; todo lo que fue, todo lo que hoy es y lo que mañana será. Un sol que renace cada mañana y se cuela por la ventana, un pájaro que canta, el despertador que nos llama a cumplir nuestras obligaciones otro día más, son todos milagros cotidianos de distinta proporción y singular importancia.
Miro a un costado, a la mesita de luz, manoteo y apago la alarma del despertador. Veo el portarretratos con nuestra foto, esa que nos sacamos una tarde de domingo en primavera, paseando por el campo. Me acuerdo que después del almuerzo nos alejamos del grupo, nos tiramos en el pasto bajo los árboles, y nos pusimos a jugar con la cámara de fotos. Veinte clicks, y una sola de todas esas tomas fue digna de ser conservada. Ahí estábamos vos y yo, tan alegres, espontáneos, despreocupados. Entonces vi tus ojos celestes de elfo mirándome, como si me viesen por primera vez. Esperé que algo pasara, pero nada pasó. Nos quedamos ahí, frente a frente, como dos continentes separados por un océano. Y ninguna palabra o gesto mío animó de tu lado a algún valiente a cruzar ese océano en su carabela para conquistar mi geografía.
Nada.
¿Qué tengo que hacer para que te enteres de una vez por todas que me gustás? Tonto, tonto, ¡no me darías bola ni pasando desnuda frente tuyo!
Suena la segunda alarma. La inmensidad del mundo y mis pensamientos románticos se transforman en cuarenta y cinco minutos para bañarme, vestirme y salir corriendo a la oficina.
Otro día más.

*aleare
(·_·)

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