sábado, 12 de febrero de 2011

San Valentín y una historia de amor

Hands in love, by thewedish »
Y bueno, aquí me ven otro San Valentín que lo voy a celebrar sin pareja, pero rodeada de otras clases de amores. Como el amor a la literatura por ejemplo. Haciendo una revisión de escritos, me encontré con este fragmento de un capítulo perdido, la tercera parte de esta larga historia de amores, encuentros y desencuentros. Yo particularmente, y no es porque sea la autora, me emocioné mucho al imaginarla y luego escribirla. Porque estoy convencida que el amor no es patrimonio exclusivo de los jóvenes. Forever young, I wanna be forever young :-)

En esta ocasión, los protagonistas ya están viejitos, Alejandra con 64 años y Jorge con 70, se reencuentran en la Buenos Aires del año 2032 (¡fá!), y finalmente ocurre aquello que no había ocurrido en las décadas anteriores: una confesión seguida de una declaración formal de amor.

[...]Decidieron dar un paseo por Parque Centenario. [...] Se sentaron en un banco frente al lago para descansar y conversar.
Luego de un largo silencio, ella habló con voz suave:
–Jorge... Tengo que decirte algo.
–Decime. –contestó él, mirándola.
–Te acordás, hace más de cuarenta años, en aquella fiesta, cuando Toto nos dejó solos... Yo no estaba muy segura de lo que sentía por vos. Mejor dicho, me hice la boluda, pero me di cuenta que me estaba engañando a mí misma. Me había enamorado de vos. Siempre decía que no creía más en el amor, pero sí creí. Tuve que creer cuando me di cuenta que te amaba como no había amado a nadie. Te amé lo suficiente como para ayudarte a que te engancharas con Zara porque ella era perfecta para ser tu esposa y madre de los hijos que vos tanto ansiabas tener. Porque yo no podía ser eso que vos querías. No era ese mi momento. Lo fue tiempo después, cuando conocí a Alber. Y te confieso que casi mando todo al carajo antes de casarme con él, esa tarde que hablamos en casa y me dijiste que no me fuera a vivir con él a Mallorca. Porque todavía te quería. Pero tampoco ése era mi momento; mi destino otra vez estaba en otro lado. Entonces yo te dije que algún día, más adelante, o en la próxima vida, tendríamos nuestra oportunidad de estar juntos...
Y aspiró una gran bocanada de aire fresco. Acarició la mejilla de Jorge y dijo, emocionada:
–Éste es nuestro momento. Ya cumplimos nuestros sueños, formamos nuestras familias y fuimos felices. Ahora vos y yo estamos en la misma sintonía, listos para ir juntos por el mismo camino.
Jorge la había mirado y escuchado con atención durante todo el tiempo que ella habló. Sintió un cosquilleo muy parecido a ese que había sentido años atrás, cuando Lalo los presentó por primera vez. La vio tan regia, serena, hermosa, con su melena otra vez de color rojo borravino, como en alquel entonces.
–Juntos... ¿para siempre? –murmuró él.
–Para siempre es mucho tiempo.
–Pero estamos viejos, y se nos viene la noche...
–Mejor tarde que nunca.
Se hizo un corto silencio. Ella sonrió levemente mientras Jorge se pasaba la mano por la barbilla, con gesto pensativo.
–Bueno. En ese caso... –dijo él por fin. Dejó en un costado su bastón y, suspirando, tomó con delicadeza la mano de ella y dijo solemnemente: –Lorea Alejandra Villareal Menéndez Mouras... ¿Querrá usted casarse con este viejo sinvergüenza, chicato y rengo, para cuidarlo, quererlo y aguantarle los ronquidos hasta que la muerte los separe?
–Jorge Andrés Saibenne Insausti, seré su esposa, y usted también me va a tener que aguantar mis achaques y mis aires de diva, y prometerme que no se va a poner celoso del dentista buen mozo que le hace mantenimiento a mi dentadura.
Y se rieron con todas las ganas. Como cuando eran jóvenes y andaban de juerga con varias copas encima. Pero pasado el efecto hilarante, se miraron a los ojos como se habían mirado durante esos años que se habían amado. Se abrazaron y se dieron un beso en la boca, sin preocuparse en absoluto por los transeúntes que se dieron vuelta a mirar a los viejos atortolados, mimándose como si fueran dos estudiantes del secundario.

Dedicada con amor al amor que todavía une a mamá y papá.

Sean felices, disfruten el día de San Valentín y celebren el amor todos los días de su vida: hoy puede ser un gran día pero también puede ser el último.

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